Aquí escucha la radio

jueves, 9 de agosto de 2012

Muere Octaviano Santiago, luchador social de Guerrero


Por: Octavio Augusto Navarrete Gorjón 

                                                  I 
   Octaviano Santiago Dionicio murió justo a la media noche de ayer; o mejor dicho: murió entre ayer y hoy.  Fiel a su clandestinidad eterna, dejó de existir en el momento absurdo en que sigue siendo noche pero ya es un nuevo día.  Él y su generación siempre quisieron que amaneciera más temprano, por eso velaron sus armas en 1970 en la última impugnación armada contra un PRI que nunca ha querido irse.  “Eran las armas del alba” dijo Montemayor, parafraseando a un caudillo chino.   
   Era el discípulo consentido del profesor Lucio Cabañas, quien le dijo que no lo quería en la sierra: “Tienes que irte a Acapulco y formar allí cuadros para la lucha urbana”.  Fiel a esa instrucción, Octaviano y Francisco Fierro Loza asaltaron el Banco de Comercio que estaba en la esquina de Cuauhtémoc y Calzada Pie de la Cuesta.  El operativo se frustró y Octaviano tomó un taxi que por problemas de tránsito pasó dos veces por un retén de policías;  para su suerte, le franquearon el paso; si lo hubieran revisado se habrían dado cuenta que el único pasajero iba con una bala en la espalda y que el asiento trasero del taxi ya estaba bañado en sangre.   
   En enero de 1972 dirigió el secuestro del ingeniero Jaime Farill Novelo, director de la Preparatoria 2.  La policía capturó al estudiante José Albarrán Pérez y de allí a otros dos miembros del comando; ninguno sabía dónde tenían al ingeniero Farill.  Por la tortura entregaron a Octaviano, que soportó algunas horas el tormento, hasta que fueron llevados a su presencia los tres detenidos y le dijeron: “los vamos a torturar delante de ti, tú dices si sigues callado”.  Él trató de negociar la libertad de los detenidos, asumió toda la culpa y dijo que los llevaría donde tenían al secuestrado, pero que lo dejaran llegar solo, ya que había varios militantes armados.  Era mentira, el único vigilante de Farill era el joven José Luís Bello, Octaviano sólo quería llegar antes al lugar.  Los judiciales le dijeron que sí, pero no cumplieron, el guía iba sólo unos pasos delante de ellos; al estar cerca de la guarida (una hondonada cubierta por dos amates enormes y unas piedras lisas que hacían de mobiliario) el prisionero se plantó firme y gritó con una voz metálica que estremeció a los judiciales: “Bello, ya nos cargó la chingada; tú decides si matas al viejo y huyes”.  Al escuchar la frase, Bello tomó su M1 y el ingeniero saltó de donde estaba; “No muchacho, no te comprometas”.  El guardián se entregó y allí terminó ese episodio. 

                                                     II 

   Al llegar a la cárcel, formó inmediatamente el comité de presos políticos, donde estaba todo su comando y al que se unirían después prácticamente todos los presos.  El movimiento social formó también comités de apoyo en todas partes; uno de ellos estaba en la Prepa 2, lo formaban los maestros Pablo Sandoval, Fernando Pineda, Rafael Trejo y varios estudiantes, entre los que recuerdo a Miguel Flores Leonardo, Mario García Rodríguez y Pablo Santana López.  Éste último fue el que más contacto tenía con los presos; trataba de resolverles todos sus problemas y no faltaba a la visita de los jueves.  Recuerdo que una vez pedimos cooperación para comprarles zapatos a los presos; juntamos mucho dinero y le pregunté que por qué tanto, si los zapatos no eran tan caros.  “Es que tenemos que comprar para todos los presos, si no se los quitan”, me contestó.  Así era el asunto: camisas y pantalones para todos, peluquería para todos, vodka para todos, pasada como agua en garrafones de veinte litros.  

                                                III 

   En la cárcel, Octaviano se convirtió en vocero oficial de la guerrilla.  Varios periodistas lo visitaban cuando querían confirmar una noticia.  El 3 de diciembre de 1974, el comité de estudiantes solidarios me comisionó para visitarlo; el objetivo: saber si era verdad la muerte de Lucio Cabañas, ya que el Excelsior traía una foto pero nadie en la prepa conocíamos al profesor.  El preso me lo confirmó en una forma rara que tenía para tratar los asuntos delicados: “todos se han reportado – me dijo – menos él”. 
   Poco tiempo después salió de la cárcel Obdulio Ceballos, que estaba preso por el intento de secuestro y homicidio de Roberto Rojas.  A las pocas semanas de esa liberación ocurrió la aprehensión y desaparición de Pablo Santana López.  La detención de este joven estudiante de la Prepa 2 impacto severamente al movimiento estudiantil y social.  Fue algo que se salió de todo código: los agentes llegaron a su casa al medio día, lo golpearon y torturaron DENTRO DE LA CASA, situación que nunca se había dado.  Cuando fue sacado de su hogar, decenas de vecinos estaban afuera, se habían acercado por el escándalo y los gritos.  Alguien entre ellos fue a avisarle al señor Avendaño, un agente de ventas de la Majestic que subió corriendo para ver si podía hacer algo, pero ya se lo habían llevado.   
   Después de Yuyo Ceballos salieron uno tras otro todos los presos políticos.  Ya con todos fuera, Ceballos fue asesinado a las puertas de la preparatoria 7.  Casi un año después, Octaviano Santiago fue recapturado y acusado por el homicidio regresó a la cárcel de Hogar Moderno.  Estuvo tres meses desaparecido; en la última cárcel clandestina que estuvo vio a un preso del orden común que vivía por la vacacional y escuchó la voz de Luís Armando Cabañas, que ya estaba loco por las torturas, se la pasaba arreando vacas inexistentes, hablando de Dios y de la paz; a veces reía a carcajadas y celebraba las conductas de algún animal: “pinche vaca, ya no quiere comer”.  Cuando ingresó a la cárcel legal, lo primero que hizo Octaviano fue mandar a buscar a los familiares del muchacho de la vacacional y avisarle a la familia de Luís Armando Cabañas que estaba vivo, pero en muy malas condiciones.   
   Octaviano tenía un apego al terruño igual que el que tuvo Lucio Cabañas, que no se salvó porque nunca quiso alejarse de su base social.  Volvió a la cárcel porque lo habían capturado en un lugar que él creía seguro.  “Cuando salí de aquí, me dijo, me fui a vivir lejos pensando que no me agarrarían”.  Al llegar los judiciales a su casa sólo preguntaron por él y se sentaron a esperar a que regresara de trabajar.  Se dedicaba a sacrificar puercos y vender su carne casa por casa; vivía con su nombre propio en un lugar de la costa chica: ¡San Marcos! A un ladito de Acapulco. 
   Ya es tiempo de contarlo.  En esta segunda estancia en la cárcel sólo una vez lo visité.  Fue a solicitud de doña Carmen Suárez, madre de Yuyo Ceballos.  “Don Navarrete, me dijo (yo era apenas un adolescente y doña Carmen me hablaba como a un anciano) “Don Navarrete, quiero que vaya a la cárcel y que me saque de una duda.  Octaviano está acusado de matar a mi hijo;  yo no les creo, quiero que vaya y le pregunte.  Ellos eran amigos, compañeros, no creo que él haya sido.  De paso dígale que por el mercado de la Progreso agarraron a Fredy Radilla y que no aparece”. 
   Ingresé a la cárcel con otro nombre y di como referencia para la visita a un amigo que estaba preso por otras chingaderas (a veces es bueno tener un amigo preso).  En cuanto me vio me identificó, bajamos del área de celdas y fuimos a la cancha de basquetbol.  “Mira nuestro equipo, me dijo, nadie ha podido ganarnos en la cárcel, tenemos un par de gringos muy altos y todos juegan hasta la madre de mariguana”.  Le expliqué lo mejor que pude los motivos de mi visita; terminé de decírselo parafraseando la frase que me había dicho doña Carmen: “dice que ella no cree, que eran amigos”. Bajó la cabeza, dio unos pasos y contestó en esa forma misteriosa y evasiva que tenía de hacerlo: “Pablo Santana también era nuestro amigo y nuestro compañero”.  No dijo más, nos despedimos y salí de la cárcel asumiendo que guardaría el secreto para siempre.  Nunca volví a la casa de doña Carmen Suárez en la calle 8.  La señora, que con su familia fue mi amiga y protectora en tiempos muy difíciles, murió hace una década; espero que haya entendido los motivos de mi ausencia.   
                                                      IV 

  Salió de la cárcel por la ley de amnistía de López  Portillo.  Desde entonces vivió bajo su propia sombra.  Fue regidor y diputado del PRD; eran otros tiempos y él decidió vivir casi a solas con su pasado; hizo entonces un pacto con el alcohol: “yo te tomo, tú me tomas”.  Insistió siempre en saber el paradero de los desaparecidos políticos.  Era una consigna programática correcta, humana; pero para él era también un compromiso con su pasado, una forma de esclarecer lo que nunca pudo vengar.   
   Más simbólico que activo, estuvo en todas las luchas que vinieron después.  Hace dos años se opuso a la candidatura de Ángel Aguirre para gobernador, pero cuando la izquierda lo hizo su candidato lo apoyó con lo único que tenía: el respeto de una amplia gama de ciudadanos que lo veíamos como un referente obligado del movimiento social de izquierda.   
                                                      
                                                         V 

  Hace un año, el diputado Faustino Soto reunió a un grupo de guerrerenses para consultar sobre la posibilidad de una ley para crear la Comisión de la Verdad.  Allí vi por última vez a Octaviano Santiago Dionicio.  Hizo en aquella reunión una intervención que me pareció muy interesante: “Necesitamos apurarnos – dijo –  el tiempo corre para ellos y para nosotros.  Yo lloro cada vez que me avisan que murió un torturador.  Ya no es la venganza; vamos, ni siquiera es la justicia; hoy sólo necesitamos saber qué fue de esos ciudadanos para llevar un poco de consuelo a sus familiares que sufren”. 
   Las palabras de Octaviano me recordaron su vida de vengador solitario, recordé sus pasos por la cárcel y la forma lacónica con la que contestaba las preguntas difíciles.  Pensé que había topado con el perdón y que su larga historia de lucha y sufrimientos al fin encontraba un poco de sosiego.   
   Después de la reunión caminamos un rato por el muelle de Acapulco.  Conversamos sobre el mismo tema y me expresó su preocupación por la salud del general Acosta Chaparro, a quien acababan de herir en lo que era, aparentemente, un intento de asalto.  “Querían quitarle el reloj – le dije – y le pegaron un tiro”.  Él se quedó pensativo y después de un largo silencio me dijo: “si eso fue así ¿Por qué el destino juega con las fechas?  Entonces me hizo notar el simbolismo: lo hirieron el 18 de mayo, la misma fecha en que en 1967 hicieron la matanza de padres de familia en una escuela de Atoyac.  Después me dijo otras cosas, pero todavía no es tiempo de contarlas.   
                                                        
                                                        VI 

   Al morir, Octaviano Santiago Dionicio libraba su última batalla política; se había integrado a los trabajos de la Comisión de la Verdad y el día que le hicieron el segundo atentado al general Acosta Chaparro (éste mortal, su asesino está preso) sufrió un derrame cerebral al conocer la noticia.   
  Octaviano pertenece a la generación más audaz y valiente de la izquierda guerrerense; la generación de Lucio y Genaro, la de Pablo Sandoval Ramírez y Rosalío Wences Reza.  En la legalidad o la clandestinidad, todos ellos quisieron adelantar el tiempo político y atravesaron la historia guerrerense pensando siempre que era posible materializar los sueños y tocar las estrellas con la mano.  De él no hay que decir que un hueco difícil de llenar, que un guerrillero, que un luchador social y tantas otras frases hechas que se dicen cuando muere alguien así.  Tal vez sólo hay que hablar del hombre, de las luces y sombras que acompañan a toda obra humana.  Hay sin embargo una palabra en la que todos podemos estar de acuerdo: congruencia; la vida toda de Octaviano Santiago Dionicio fue una obra impecable de convicción y congruencia.   

No hay comentarios:

Publicar un comentario